Hoy me han hablado de ti. Me han contado que estás con una chica. Os han visto juntos y parece que eres feliz, que le dices su nombre y cuando te responde le susurras un 'te quiero' al oído, dicen que vuestros dedos entrelazados encajan a la perfección, que la abrazas por la espalda y le muerdes la mejilla como hacías conmigo, no sé si ella sonreirá como yo lo hacía o si te dará un leve puñetazo en el hombro para que separes tus dientes de su piel. Me han dicho que es una buena chica, que ya la conoces desde hace tiempo y por eso me pregunto por qué nunca me has hablado de ella, o tan siquiera mencionado su nombre. Es guapa, ojos castaños, piel morena y un metro sesenta y siete, sonrisa amplia, dientes blancos, perfectos y labios rojos. La primera vez que os vi ella llevaba puesta tu sudadera negra, la de el círculo amarillo en el centro y unas cuantas palabras en inglés que no recuerdo bien cuales eran, las mangas le quedaban largas y la prenda caía casi hasta sus rodillas. No me acuerdo la hora exacta en la cuál posaste tus ojos sobre los míos y levantaste levemente la mano en forma de cordial saludo, claro que me gustó que me saludaras aún que hubiera preferido que no lo hicieras por el simple hecho de que cuando no saludas a una persona a la que anteriormente has besado, o querido, es porque tienes algo pendiente con ella, y por ese mismo motivo yo me he quedado inmóvil, observando como apartabas la vista, la cogías de la mano y seguíais andando.
Me han dicho que estás bien. Me he quedado con la duda de preguntarles si la besas despacio, como saboreando cada milímetro de su boca, si sonríes cuando separas tus labios de los suyos o... si te confundes de nombre cuando la llamas.
Les he dicho que yo tambíen estoy bien.
¡GRACIAS!
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jueves, 11 de septiembre de 2014
lunes, 18 de agosto de 2014
¿Y las perdices de los cuentos?
El verano, un helado, una buen película, una romántia tarde, un abrazo, un beso apasionado, un suspiro, un camino, una tormenta... Todo, todo tiene final, finales tristes, esperados, alegres, repentinos... Pero finales al fin y al cabo. Mi final, y el tuyo; diría el nuestro pero nunca hubo un nosotros y me he prometido contar esto sin decir una mentira o algo que no sea del todo cierto. Ese dichoso final del que te hablo es el causante de que no pueda querer a otro como te he querido a ti, y te quiero, pese a todo. Y es el recuerdo el que me impide mirar a una persona fijamente a los ojos por el miedo de ver en ellos un brillo semejante al tuyo. Por miedo de torcer la boca en forma de media sonrisa como cuando tú lo hacías cuando me acercaba, o como cuando terminabas de separar tus labios de los míos y mantenías mi cara agarrada con tus manos impidiendo que me alejara a más de dos centímetros de ti. Y es que no quiero recordar momentos en cada carta que te escribo, pero acabo haciéndolo, y esta es la carta número veinticinco que no acabo por enviar, y que guardo doblada en foma de corazón al final del primer estante donde aún reposa el marco azul, pero sin foto, me he ahorrado ese sufrimiento, el de tener que verte cada noche dibujado en un papel de fotógrafía barato. Baratos eran los ratos a tu lado, aún que ahora a mi corazón le han costado mucho, no lo digo por el dinero que me gasto en pañuelos para que se suene cuando está resfriado, ya que ahora ahí dentro pasa mucho frío porque ya no tiene tu calor, solo quedan cenizas de una llama a la que repentinamente le han echado un cubo de agua frío por encima. Y así fue nuestro final, como el de esa llama, frío y repentino.
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